La resiliencia es el único camino

La resiliencia es una palabra que ha estado de moda en los últimos años, y aunque tiene muchos significados el mejor ejemplo para demostrar su importancia es la diferencia entre un roble y el bambú. Ante una tempestad, el orgulloso e imponente roble incapaz de moverse, se quebranta, mientras que el humilde (en apariencia) y flexible bambú se mueve con la tormenta para adecuarse efectivamente a la situación.

Esta es una característica que rara vez vemos en el tejido empresarial, por lo cual la rata de fracaso de las empresas es trágicamente alta. La realidad del entorno de las empresas es cambiante pero la condición del ser humano es ser reticente al cambio lo cual genera una dicotomía muy compleja para la sostenibilidad de las empresas. La necesidad de acoplarnos a un sistema donde nos podamos arraigar (cuando pasamos de ser cazadores nómadas a ser agricultores estáticos) se volvió esencial para nuestra sobrevivencia, el cambio es algo que es casi doloroso para la mayoría de nosotros. Esto, sumando a que no se nos facilita aceptar la critica y ver la realidad desde una perspectiva nueva, nos vuelve una bomba de tiempo para el fracaso, no por acción sino por omisión de la misma.

Somos seres muy extraños desde la lógica, preferimos quedarnos quietos en la incomodidad de una crisis (el miedo, la incertidumbre, la duda) que asumir el proceso de cambio que nos llevaría a otra realidad. La frase “mejor malo conocido que bueno por conocer” es uno de nuestros grandes enemigos porque nos da la excusa perfecta para no arriesgar estar mejor por miedo a estar peor. La resiliencia no es una característica de los infalibles o los que nunca se equivocan, todo lo contrario, es una virtud de los que se vuelven a parar y aprenden de sus caídas en vez de quedarse paralizados por ellas.

La grandeza de la humanidad reside en intentarlo de nuevo, la complacencia es el peor obstáculo del éxito.

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